Cómo llegue acá no lo recuerdo, todo lo vivido perdió su valor. La vida tomó sentido cuando aborde ese autobús, sujetándome del pasamanos llegué hasta el asiento, estaba ahí rodeada de olores, colores, sabores, sinsabores, amores, desamores, miradas, sonrisas fingidas, aspavientos, sudores, frente a vidas sin vivirse, juzgando, creyendo tener algo, soñando con los ojos abiertos y regresando a la realidad con cada semáforo en rojo.
Era una pasajera más coincidiendo en una ruta, mirando como miran los demás, descifrando sus gestos e ignorandolos, prestándole atención al sabor del chicle, a las uñas que les falta manicura, al cabello del vecino que le falta un buen corte, leyendo el periódico del pasajero de enfrente, pintando los deseos en carreteras endulzandolas con el verde del semáforo y con la nostalgia presente en cada uno de los topes amarillos.
El rojo apareció nuevamente y con él un rubio que se sentó a mi lado. Tenía el resplandor de mi lado, cada lunar formaba rutas especiales, haciéndose la más fascinante carretera sin topes, sin semáforos, sin indicaciones, sin saber siquiera que está siendo explorada. Cada peca formaba criaturas fantásticas, entre dragones, dinosaurios, y el oscuro de un bosque estaba mi cuerpo adentro de ellas.
No podía hablarle, en silencio era perfecto. La estación a donde iba ya no tenía importancia, mi mente estaba en ese cuerpo, sintiendo sin sentir, oliéndolo sin poder hacer ningún murmullo, llevándome a su esencia.
Y de nuevo ese rojo, ya lo comienzo a aborrecer.
El toca el timbre y baja del autobús, y desconcertada por su nuevo camino, lo seguí sigilosamente escondida entre las sombras. Llegando a un parque, donde en una banca, ya lo esperaban unos tacones rojos, una dama, ella que tenía el poder de estar frente a él y no perderse en cada lunar, ella que seduce con cada movimiento, ella que enamora con el aroma de su cabello, ella que brilla en plena oscuridad.
Sonreía ante su encuentro fantaseando yo ser ella, me acerque a verle de frente, y ahí estaba ella, ese ser tan hermoso, tan especial y tan amoroso mi madre. Algo no estaba bien, no era nadie para deshacer su resplandor, y decidí huir, no podía amar lunares, en los que mi madre ya tenía trazadas sus rutas.
Mi historia murió y comenzó en ese momento, así llegué a los autobuses para recordar como lo conocí y como lo perdí, como me gane entrelazando historias a diario, conociendolas, saboreándolas, imaginándolas, viviéndolas, contándolas, ayudándolas a seguir.
Ya no odio a los semáforos en rojo, dan esa pausa de conocer, saludar, besar, abrazar, sonreír, voltear, tocar y despedir a los que ya llegaron a su estación como yo.
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