Cuando el azul nos cubre el rostro, el sol nos acaricia.
Provocadores cuerpos desafían la sensualidad del oleaje,
Hurtando su salazón, mezclándola con arrebato y delirio.
Sufriendo el placer que los lleva a lo irreconocible.
Desgarrando la mirada deseosa de la luna,
Padeciendo la vida y muerte en la proximidad de los cuerpos,
Maldiciendo su descontrol, condenándose con cada aliento que se roban,
Seduciendo las estrellas que resplandecen sobre su talle,
Sumergiéndose entre lo efímero y lo real,
Mordiendo la luna de su cuello,
Acariciando el perfil de sus latidos,
Perdiéndose en las melodías del mar con la arena,
Irrumpiendo con su placer el baile de las olas,
Expulsados a la arena ante los celos del mar,
Corrompidos por la seducción se alejan,
Llevándose la fragancia de la provocación.
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